Siempre he comparado mi vida con navegar un barco. No por romanticismo, sino porque así se ha sentido: movimiento constante, corrientes cambiantes, puertos que no siempre fueron hogar. Hubo etapas en las que navegué solo, en aguas frías, perdiendo pequeñas balsas en el camino. Lugares donde no se vivía, solo se sobrevivía. Montreal fue hielo y viento que, aun así, se sintió cálido. California fue un pantano extraño: lleno de culturas, de ruido, de posibilidades aparentes, pero sin verdadero acceso a ellas, sin un trasfondo ni un sentimiento real de pertenencia. Durante esos años estuve en modo supervivencia. No había intención, solo alineación forzada. Adaptarse. Resistir. Anclarse donde se pudiera. Idiomas apenas conocidos, conversaciones nuevas, nada familiar y todo lejos de lo que conocía. Una combinación de culturas hostiles, sistemas complejos diseñados para que nadie gane, juicios sin invitación y el intento constante de demostrarme a mí y al mundo que pertenezco, que puedo, que ...
Hola, ¿cómo has estado? Aquí todo ha cambiado, pero muy en el fondo sigue siendo lo mismo: la misma maldita ansiedad de querer ir lejos y hacer cosas grandes. Solo que esta vez ya no son cosas solo para mí; esta vez no es un sentimiento egoísta de desaparecer y no volver, esta vez no es un pensamiento de dejarlo todo y no mirar atrás. Esta ansiedad es por estar cerca de ella, de la persona que me hace sentir en paz y en casa. Es esa ansiedad por trabajar tanto y sentir que no avanzo, por saber cosas que solo el 1% de la población conoce y sentirme como el otro 99%. Por saber que puedo conquistar mis demonios una y otra vez, pero no poder conocer aún sus nombres. Por saber que uno simplemente puede hacer las cosas, pero no saber qué cosas hacer. 6 de enero de 2025. El tiempo ha volado y todo ha pasado. Siento como si un lodo tapara la llave de mis ideas, como si estas piedras de incertidumbre bloquearan el flujo de mi río de pensamiento y seguridad. Ni siquiera le veo un sentido o un pr...