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El atardecer antes de zarpar el día de mañana


Siempre he comparado mi vida con navegar un barco. No por romanticismo, sino porque así se ha sentido: movimiento constante, corrientes cambiantes, puertos que no siempre fueron hogar. Hubo etapas en las que navegué solo, en aguas frías, perdiendo pequeñas balsas en el camino. Lugares donde no se vivía, solo se sobrevivía. Montreal fue hielo y viento que, aun así, se sintió cálido. California fue un pantano extraño: lleno de culturas, de ruido, de posibilidades aparentes, pero sin verdadero acceso a ellas, sin un trasfondo ni un sentimiento real de pertenencia.


Durante esos años estuve en modo supervivencia. No había intención, solo alineación forzada. Adaptarse. Resistir. Anclarse donde se pudiera. Idiomas apenas conocidos, conversaciones nuevas, nada familiar y todo lejos de lo que conocía. Una combinación de culturas hostiles, sistemas complejos diseñados para que nadie gane, juicios sin invitación y el intento constante de demostrarme a mí y al mundo que pertenezco, que puedo, que todo está bien.


A veces el único ancla es una persona, no un lugar. Y eso también es desgastante. Te entregas por completo a alguien en un páramo aislado de todo lo demás y, eventualmente, los pensamientos oscuros piden salir. Aprendes a hacerlo en compañía. Es difícil, pero poco a poco aprendes a controlar, comunicar y entender antes de soltar. Aprendes y creces acompañado.


Ahora siento algo distinto. Como si despertara después de un sueño largo. La intención está regresando. Esa intención que hace cinco años me llevó a cumplir mis sueños con claridad y honor; a crear, a moverme con sentido, a mejorar mi vida con intencion y eventualmente  conocer a Lauren, mi compañera de vida. Esa intencion me llevo a ser la persona que sabía que podía ser y que siempre habia querido. La vida, inevitablemente, me devolvió al modo supervivencia porque me faltaban cosas por conocer, por vivir y por entender. Siempre pasa,  siempre vuelve el modo supervivencia, lo importante es saber descansar y dar señales de vida a quien te importa, aprendí eso hasta el final, pues cometi errores que me llevaron a ser soberbio y como consecuencia perder personas de una manera hostil.


Recuerdo una de las primeras veces que fui a terapia. La terapeuta me mostró El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, apoyado en un bastón. Me preguntó qué veía. Respondí sin dudar: “Todo lo que falta por conquistar”. Ella dijo: “Yo veo todo lo que ya ha conquistado”. Me pareció curioso cómo la diferencia de edad, experiencia y mentalidad cambia por completo la lectura de una imagen tan simple.


Hoy veo ambas cosas al mismo tiempo. Veo todo lo que queda por hacer y también todo lo que ya hice. He vivido mucho, como todos quizá. Pero siento que tengo una facilidad particular para observarlo, entenderlo y ponerlo en palabras. A veces eso roza lo soberbio. A veces parece egoísta. Pero compartir lo que entiendo también es una forma de comprobar si estoy equivocado, de mantener los pies en la tierra y de entender lo que aún no entiendo. Tal vez leer esto le sirva a alguien más.


Voy rumbo a España. Y muchos me dicen lo mismo: que ahí no se gana bien, que el salario es bajo, que no es un lugar para “crecer”. Pero la pregunta nunca fue cuánto se gana, sino cómo se vive. ¿Qué importa el sueldo si a cambio hay tiempo, salud, comida decente, un sistema que no te enferma, domingos caminables, una casa, un perro, un patio, la posibilidad real de formar una familia y estar presente?


Quiero una vida más lenta. No porque no pueda correr, sino porque ya corrí demasiado tiempo sin mirar alrededor. Siempre me han gustado las mañanas tranquilas: despertar a las siete u ocho, trabajar a las nueve, pausar a las diez solo para pensar qué me está pasando por dentro. Ese ritmo no es pereza. Es salud. Poder decidir qué hacer y cómo vivir es la verdadera riqueza. Me gusta tomar trenes porque admiro el paisaje. Me gusta andar en bici porque veo las calles con más detalle. Me gusta caminar porque encuentro cosas que a mayor velocidad pasan desapercibidas. He entendido que admirar el camino suele ser más placentero que llegar al destino.


Sigo en Estados Unidos, y eso implica seguir un poco en modo supervivencia. Tengo que trabajar, construir, asegurar salidas. Pero ya no estoy dormido. Estoy despertando poco a poco otra vez. Y esta vez no siento que vaya hacia una isla temporal, sino hacia un continente. Un lugar donde quedarme mucho tiempo. Tal vez para siempre. Tal vez no. Pero un lugar donde, por fin, navegar no sea huir, sino llegar, asentarse y, lo mejor de todo, hacerlo acompañado.


No busco grandeza. La grandeza no se planea: se construye sola y sin saberlo. Llega cuando llega y nunca según el plan. Busco estabilidad, paz y continuidad. Crear conexiones que puedan crecer junto con nosotros. De repente un día cualquiera, caminando por el centro de una ciudad y pensar solamente en el presente, saber que estoy tranquilo. Tengo a los míos y otra vez siento que puedo crear, compartir y cuidar.


Porque al final, el infierno está en la mente.

Y una mente en calma no tiene infierno.



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Fui un rompe hielos por un tiempo

Dos años, en la tierra lejana y fría 

Idioma conocido pero no dominado

Amigos, cultura, vida

Conocimiento, aprendizajes

Estructura...

... aun asi faltaba algo


Mi ancla

en el otro lado del continente 

Tierra humeda y cálida 

Tierra hermosa 

Tierra fallida

Sistemas complejos, rotos

No perteneces 

No lo disfrutas 


Pero estoy aqui para crecer 

Para disfrutar de algo permanente 

El inicio de algo eterno


"Hay otro lugar" me dijo 

"Hay mas opciones" entendi 

"Vamonos" dije 


Tierra soñada, calida

No conocida, pero resulta familiar

Tierra feliz, tierra en movimiento

Tierra tranquila 


El sol cae de nuevo, 

debo descansar una ultma noche 

Encender fuego

Recolectar comida y agua


Zarpamos al amanecer 


Y cuando despiertes, 

una nueva travesia empezara,

La mas importante

El inicio de algo duradero



Ve tranquilo, llegaras mas lejos 

(Тише едешь дальше будешь)



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