Siempre he comparado mi vida con navegar un barco. No por romanticismo, sino porque así se ha sentido: movimiento constante, corrientes cambiantes, puertos que no siempre fueron hogar. Hubo etapas en las que navegué solo, en aguas frías, perdiendo pequeñas balsas en el camino. Lugares donde no se vivía, solo se sobrevivía. Montreal fue hielo y viento que, aun así, se sintió cálido. California fue un pantano extraño: lleno de culturas, de ruido, de posibilidades aparentes, pero sin verdadero acceso a ellas, sin un trasfondo ni un sentimiento real de pertenencia. Durante esos años estuve en modo supervivencia. No había intención, solo alineación forzada. Adaptarse. Resistir. Anclarse donde se pudiera. Idiomas apenas conocidos, conversaciones nuevas, nada familiar y todo lejos de lo que conocía. Una combinación de culturas hostiles, sistemas complejos diseñados para que nadie gane, juicios sin invitación y el intento constante de demostrarme a mí y al mundo que pertenezco, que puedo, que ...
Toda mi vida he buscado lo que realmente es importante, creo que lo he encontrado. Nada mas importa que saber quien eres y que quieres. Encontré lo que necesitaba, ahora voy por lo que quiero